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Melodías a 100 pesetas.

El Cinexin, los juegos de química, el Super Master Mind, la BotiBota, un billete de 500 pesetas, el sacapuntas en forma de coche, los bolígrafos con agua y aritos de colores dentro, los chupachups/silbatos, la leche fresca en bolsas de plástico, las colecciones de cromos… ¡todo ello forma parte de la historia de una generación! La que se gestó en los setenta, consolidó el carácter en los ochenta y dejó de leer Los tres investigadores en los noventa para pisar las primeras discotecas donde no se servía alcohol. Más de veinte años nos separa de un mundo construido en plástico de colores pasteles e ingenio.

Era una época en la que las películas presumían de grandes bandas sonoras y lucir una melodía grandilocuente y pegadiza era garantía para la lucha hacia los Oscar. Los títulos de crédito finales se convertían en todo un festín para que el compositor diera rienda suelta a su talento y lo manifestase con grandes y emotivos temas de fácil digestión. La Gran Melodía tenía cabida en casi todos los géneros y los amantes de las bandas sonoras teníamos nuestros propios rankings en los que clasificábamos muchas veces la música en función de su tema principal. La ecuación Gran Tema/Melodía = Gran BSO era la que muchas veces imperaba a la hora de catalogar la música de una película no sólo en chavales de escasa formación musical como la mía, sino también en los académicos y magnates de Hollywood.

Pero el tiempo pasa, claro, y la necesidad de no repetirse, el miedo a quedarse atrás, es justamente lo que hace que las artes maduren y evolucionen hacia terrenos vírgenes. De igual modo que EEUU quiso mostrar su supremacía marcando su huella en la luna, pocos se resisten a hacer lo mismo y pasar al recuerdo como un visionario, un rebelde, una persona que tiene algo distinto que decir al mundo. ¿No trata precisamente de eso el arte?

Hans Zimmer fue pionero a la hora de romper con la gran tradición melódica de los compositores de cine. Ayudó mucho a la consideración de lo que hoy debe ser una banda sonora que no suene casposa, en beneficio del otro gran pilar de la música: el ritmo. La integración definitiva de los sintetizadores en grandes orquestas la marcó él, aun existiendo una larga tradición del uso del sintetizador en la música de cine en manos de compositores como Maurice Jarre y el propio Goldsmith. Pero a diferencia de éstos, Zimmer y su séquito de músicos imitadores han implantado un concepto de música para la imagen en el que la melodía desmedida es inoportuna. Hiere. Agrede. Entienden la música de cine como un enorme colchón sonoro de fuerte presencia rítmica al servicio del montaje. Es el lenguaje imperante del nuevo cine Blockbuster. Un lenguaje que ha conseguido aplacar el espíritu de grandes compositores melodistas de la talla de Patrick Doyle.

Hoy en día exigen al compositor de cine justificar una melodía grandilocuente, del mismo modo que el público critica en Almodóvar el uso de los rótulos temporales cuando hace un flashback. Nos hemos vuelto demasiado exquisitos y muchas veces pecamos de cuestionar a determinados directores sintiéndonos adelantados y modernos, cuando en realidad pecamos de impertinentes.

La Gran Melodía ve cómo su campo de influencia va perdiendo adeptos y cada vez menos son los géneros que la toleran. Como siempre ha sido en la historia del cine, las películas de animación son la gran esperanza de las causas perdidas; en su día salvó al musical y actualmente se componen Grandes Melodías para dibujos animados sin ningún tipo de complejo. Por otro lado están las películas como Super8 (2011) o Lejos del cielo (2002), experimentos retóricos que permiten recuperar el espíritu de la música de cine de antaño.

Y también nos encontramos con directores que no pretenden abrir puertas, sino reafirmarse en el cine que ha alimentado su formación. En este sentido, orientan la puesta en escena hacia una dirección que no creen caduca y consiguen armonizar los distintos elementos que conforman una película como mejor puede hacerse, explotando al máximo sus recursos.

Lo importante, creo yo, es tener sentido de la coherencia. Cuando ves una película como The Impossible (2012) te encuentras con una propuesta nostálgica de quien sabe qué tipo de película quiere hacer a partir del cine que le ha emocionado siempre. Es un cine que a día de hoy sigue funcionando, siempre que Spielberg dé su consentimiento. Como aficionado a las bandas sonoras, escuchar la música compuesta por Fernando Velázquez me transporta a la época de las Grandes Melodías, a la época en la que compraba un disco sabiendo qué iba a encontrar y con la seguridad de que me iba a gustar.

Escuchar la música de Lo Imposible es poco más o menos como encontrarme dentro de la Tienda de Stephen King, con millones de juguetes antiguos, preciosos, pero con la ventaja de que no están malditos. Y de que siguen funcionando. Y emocionando.