Cateto
Levantarse cada mañana sabiendo que queda un día menos para que se publique en español Danza de Dragones, tomar torrijas sólo en Semana Santa, decidir que quieres comprarte TODO de Benito Pérez Galdós, poder llenarte la bañera con agua caliente siempre que lo desees y saber que Joss Whedon goza de una excelente salud para materializar lo que nuestra imaginación es incapaz de concebir… son cosas que justifican que cada noche descuartice un poco de mi Aloe Vera para aplicar su jugo sobre mi piel y así mantenerla tersa y joven, aunque sólo sirva para engañar a nuestro reloj biológico y hacernos creer que viviremos para siempre, felices, consumiendo aquello que nos gusta y nos define con el nombre que nuestros padres un día decidieron ponernos.
Como dijo ayer Mario Vaquerizo en Sálvame, soy consumista y materialista. Y añado: soy coleccionista. Desde siempre, desde pequeño, he tenido la imperiosa necesidad, más allá de consumir, de conocer al más mínimo detalle aquello que me obsesiona. En mi caso, el saber sí que ocupa lugar y como sé que tengo mucha capacidad para empatizar con cualquier tema, he decidido poner puertas a mi monte y sacrificar, en esta vida al menos, el ser un sabio con presbicia.
Si siempre lo he dicho, en el fondo soy un cateto. No necesito irme lejos para encontrar lo que tengo cerca y si sé que conocer la obra completa de Jerry Goldsmith supone perder un tiempo valiosísimo al que poder dedicar a otros compositores, me compensa siempre que llegue un momento en el que en mi corazón se produzca un chasquido, un click, que suponga haber encontrado mi trozo de magdalena empapado en manzanilla y con él, el sabor y el recuerdo de lo que siempre me ha gustado y me ha definido como lo que soy.
Tengo alrededor de 250 discos de Jerry Goldsmith. Seguramente un día, cuando aún andaba despistado adquiriendo mis primeros conocimientos de bandas sonoras, escuché algún tema de Goldsmith (quizá Rudy, Matinee, Rambo o Explorers) y decidí que iba a ser él el compositor de quien iba a aprender prácticamente todo lo que a día de hoy sé sobre el poder de la música en el cine. Atiné bien con el disparo, porque posiblemente sea Jerry Goldsmith el mejor compositor de cine de la historia si analizamos su música en su sentido más funcional.
El que lleve casi veinte años esperando como agua de mayo cada reedición de bandas sonoras suyas, que supone la inclusión de música inédita, ha hecho que deje de tratar a Goldsmith de usted. El coleccionismo lleva a tal nivel de conocimiento que al final lo que realmente emociona es reconocer al autor en cada nota y redescubrir ciertas melodías, recicladas en distintas películas con sus correspondientes variaciones, no es para mí un síntoma de falta de inspiración, sino el guiño que el propio compositor se da a sí mismo y, por extensión, a todos sus seguidores.
Del mismo modo que lloro con la primera torrija del año, me agarro a la música de Goldsmith para no perderme en el inhóspito espacio que Ray Bradbury concibe como el lugar donde perdemos nuestra condición de personas. Cuando sea un viejo y vea la muerte cerca, habré labrado un camino por donde podré volver sobre mis pasos y reconocer en cada cruce mi visión cateta de la vida, aquella por la que me habrá compensado no haber adquirido un mayor conocimiento y más amplio de las cosas.
NOTA: Acaban de comunicarme que se trababa de té, no de manzanilla. Que sepáis que todo es culpa del jet lag.
- Coming Attraction/The Next Attraction. Matinee (1992). Jerry Goldsmith

Cateto

Levantarse cada mañana sabiendo que queda un día menos para que se publique en español Danza de Dragones, tomar torrijas sólo en Semana Santa, decidir que quieres comprarte TODO de Benito Pérez Galdós, poder llenarte la bañera con agua caliente siempre que lo desees y saber que Joss Whedon goza de una excelente salud para materializar lo que nuestra imaginación es incapaz de concebir… son cosas que justifican que cada noche descuartice un poco de mi Aloe Vera para aplicar su jugo sobre mi piel y así mantenerla tersa y joven, aunque sólo sirva para engañar a nuestro reloj biológico y hacernos creer que viviremos para siempre, felices, consumiendo aquello que nos gusta y nos define con el nombre que nuestros padres un día decidieron ponernos.

Como dijo ayer Mario Vaquerizo en Sálvame, soy consumista y materialista. Y añado: soy coleccionista. Desde siempre, desde pequeño, he tenido la imperiosa necesidad, más allá de consumir, de conocer al más mínimo detalle aquello que me obsesiona. En mi caso, el saber sí que ocupa lugar y como sé que tengo mucha capacidad para empatizar con cualquier tema, he decidido poner puertas a mi monte y sacrificar, en esta vida al menos, el ser un sabio con presbicia.

Si siempre lo he dicho, en el fondo soy un cateto. No necesito irme lejos para encontrar lo que tengo cerca y si sé que conocer la obra completa de Jerry Goldsmith supone perder un tiempo valiosísimo al que poder dedicar a otros compositores, me compensa siempre que llegue un momento en el que en mi corazón se produzca un chasquido, un click, que suponga haber encontrado mi trozo de magdalena empapado en manzanilla y con él, el sabor y el recuerdo de lo que siempre me ha gustado y me ha definido como lo que soy.

Tengo alrededor de 250 discos de Jerry Goldsmith. Seguramente un día, cuando aún andaba despistado adquiriendo mis primeros conocimientos de bandas sonoras, escuché algún tema de Goldsmith (quizá Rudy, Matinee, Rambo o Explorers) y decidí que iba a ser él el compositor de quien iba a aprender prácticamente todo lo que a día de hoy sé sobre el poder de la música en el cine. Atiné bien con el disparo, porque posiblemente sea Jerry Goldsmith el mejor compositor de cine de la historia si analizamos su música en su sentido más funcional.

El que lleve casi veinte años esperando como agua de mayo cada reedición de bandas sonoras suyas, que supone la inclusión de música inédita, ha hecho que deje de tratar a Goldsmith de usted. El coleccionismo lleva a tal nivel de conocimiento que al final lo que realmente emociona es reconocer al autor en cada nota y redescubrir ciertas melodías, recicladas en distintas películas con sus correspondientes variaciones, no es para mí un síntoma de falta de inspiración, sino el guiño que el propio compositor se da a sí mismo y, por extensión, a todos sus seguidores.

Del mismo modo que lloro con la primera torrija del año, me agarro a la música de Goldsmith para no perderme en el inhóspito espacio que Ray Bradbury concibe como el lugar donde perdemos nuestra condición de personas. Cuando sea un viejo y vea la muerte cerca, habré labrado un camino por donde podré volver sobre mis pasos y reconocer en cada cruce mi visión cateta de la vida, aquella por la que me habrá compensado no haber adquirido un mayor conocimiento y más amplio de las cosas.

NOTA: Acaban de comunicarme que se trababa de té, no de manzanilla. Que sepáis que todo es culpa del jet lag.

- Coming Attraction/The Next Attraction. Matinee (1992). Jerry Goldsmith